Revolución – Resumen de un mes de Voluntariado Europeo en Equipo en Altamura, por Julia

León-Altamura

La historia que a continuación os voy a contar comienza el sábado 8 de agosto del año 2020. Todavía recuerdo el último “hasta pronto” y “cuídate” con mi padre y mi mejor amiga en la estación, y por supuesto, recuerdo esa sensación de mariposas revoloteando en mi estómago por la emoción. 

Dos de la madrugada. Nuestro bus ponía rumbo al Aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez. El equipo de voluntarios españoles, formado por Bea, Carmen, Yeffri y yo, comenzábamos una aventura en la que nos esperaban largas y tediosas horas de viaje. Nuestro avión despegaba cerca de la una de la tarde, y definitivamente creo que fueron aquellas horas de espera sentados en cualquier parte del aeropuerto (estoy convencida de que pasamos más tiempo en el suelo y en las escaleras que en los asientos) las que ayudaron a crear una amistad entre nosotros (aunque compartir los panecillos de tomate y orégano del Mercadona tuvieron gran parte de la culpa).

Una vez aterrizamos en Bari, sucedió un episodio tan gracioso que siempre que lo recuerde no podré evitar reírme (estoy escribiéndolo y ya se me está formando una sonrisa). Tengo que hacer inciso en que dentro de los miedos que yo tenía en mi cabeza estaban por ejemplo el perder mi maleta, que ésta pesara más de 20Kg, que me robaran, que me contagiara del Covid-19, etc.   Pero nunca se me pasó por la cabeza  el momento que llegamos a vivir.

Nada más habíamos bajado del avión, la Asociación Link se puso en contacto con nosotros para recogernos en el aeropuerto y acercarnos hasta Altamura (mi ciudad de residencia durante el mes de voluntariado). Para ello, Mino era la persona encargada. A través de WhatsApp pudimos ver su foto de perfil, y de esa manera, intentar reconocerlo de entre toda la gente. Aquella foto no logró  que nos hiciéramos una idea clara de su aspecto, por lo que el problema surgió cuando una persona de físico similar, que estaba situada en el punto de encuentro, comenzó a saludar (es importante aclarar que dimos por supuesto que a quien se dirigía era a nosotros, ya que detrás nuestro no había nadie más). Cuando por fin llegamos hasta él, comenzamos a saludarle en italiano y a preguntarle las típicas dudas sobre el viaje.¡De verdad! Recuerdo perfectamente la cara de susto que se le quedó,  y eso que llevábamos mascarillas. Esta persona estaba tan nerviosa que tardamos no sé cuántos minutos en comprender a través de sus expresiones y su marcado acento italiano que no tenía ni idea de quiénes éramos, y de que aquel día nunca habría salido de su casa esperando llevarse consigo a cuatro adolescentes extranjeros. Prometo que desde el segundo en que esta persona se alejó de nosotros, no pudimos aguantarnos la risa y estallar en tremendas carcajadas por la graciosa equivocación. Después de aquello, mis temores anteriores se quedaban en nada comparado con Dios sabe qué nos podría haber llegado a pasar si ese hombre hubiera decidido acogernos. Y de este modo, nuestro primer contacto en tierras italianas podría decirse que fue maravilloso.

Los minutos y horas siguientes del día se me pasaron muy rápido, ya que Mino (esta vez sí) apareció al instante para llevarnos al apartamento y una vez allí presentarnos a Camino (una voluntaria, también leonesa que viviría con nosotros y que se quedaría en Italia ocho meses más tras nuestra partida).

Estancia

El mes que viví en Altamura puedo afirmar que es de mis experiencias favoritas en el mundo. Voluntarios españoles, franceses e italianos trabajando juntos para mejorar un poquito más el funcionamiento de la Agorateca; un espacio de recreo donde los habitantes de la zona podían estudiar o leer, disfrutar de las zonas verdes de las instalaciones, divertirse en los conciertos que se organizaban, etc.

Aquellas tareas que realizábamos, consistían desde construir una silla a partir de palés de madera hasta cuidar el jardín o realizar podcasts en la radio, aunque el 90% de las grabaciones consistieron en un repertorio completo de nuestros karaokes (obviamente sin dejar fuera ningún género musical).

Cada fin de semana, yo aprovechaba para visitar ciudades de Puglia, que era la zona de Italia en la que vivíamos. Tras realizar una búsqueda en mi carrete de fotos, la lista completa de los lugares en los que estuve serían Matera, Gravina in Puglia, Bari, Lecce, Torre dell´Orso, Ostuni y Polignano a Mare. Fue demasiado increíble visitar estas ciudades, pues todas ellas tenían algo especial que terminaron por enamorarme. Ya fuera por los monumentos, el olor de las calles a comida italiana, los helados, el mar, las tiendas, las personas, etc.

Y ya que salió el tema de las personas, me gustaría decir que este voluntariado no hubiera sido lo mismo sin esas doce personitas que lo vivieron conmigo. Estoy súper agradecida por la cantidad de momentos geniales que pasé a su lado; las bromas con los coordinadores, las frases completadas por otra persona, las canciones que empezaba a cantar uno y al final terminábamos uniéndonos todos, las pelis y series de HBO, las siestas en la Agorateca… miles de momentos que siempre recordaré, pero sobre todo aquellas risas infinitas, los abrazos y esas miradas cómplices.

Este voluntariado ha sido como una revolución en mi vida, y de hecho algo ha cambiado. Aparte de encontrar muchísima felicidad en Italia, como dice una canción de La Bien Querida, “siento como si toda mi vida me hubiera estado conduciendo a ese preciso momento”.

Situación Covid-19

Desde un principio el verano 2020 parecía que sería bastante aburrido; con muchas limitaciones y con un sinfín de planes cancelados. Sin embargo, gracias al proyecto llevado de la mano de Ainoa pude vivir un mes de agosto completamente diferente. Y desde aquí, quiero agradecer a la Asociación Auryn por confiar en mí en esta oportunidad tan increíble; sobre todo a Ainoa. Enserio, muchísimas gracias.

Las noticias que aparecían en los medios de comunicación en los meses de verano eran, con sinceridad, alarmantes. Se preveía una recaída en España a corto plazo, y muchas personas de mi entorno descartaban viajar tanto en territorios internacionales como en territorio nacional. Por eso, cuando decidí irme a Italia, la mayoría de las personas realmente se preocupaban y trataban de que cambiara de idea.  

Muchas veces me pregunté si estaría haciendo lo correcto; las repercusiones que tendría si me contagiaba en país extranjero o si llegaba a  contagiar una vez estuviera en España, qué pasaría si cerraban fronteras…                                               

Era una decisión que en su momento fue complicada. No recuerdo el momento exacto en el que definitivamente me planteé si marcharme o quedarme, ni tampoco recuerdo las razones que completaban tanto la lista de los pros como la de los contras. Solamente tengo claro que  la única razón por la que finalmente decidí irme, fue porque sólo podía pensar en lo que una vez una persona me dijo; “La vida son dos días y sólo tienes una, vívela como tú realmente quieres”.

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